Audiencia a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización

En la Sala Bologna del Palacio Apostólico, tuvo lugar del 27 al 29 de septiembre de 2017 la IV Asamblea Plenaria de los Miembros del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

Luego de la oración y del saludo inicial, S.E. Mons. Rino Fisichella, Presidente del Dicasterio, informó sobre las actividades adelantadas en los últimos dos años y sobre las nuevas competencias que el Santo Padre ha asignado al Consejo Pontificio.

En particular, el Presidente se ha detenido en el evento de gracia que ha significado para toda la Iglesia en el mundo el Jubileo Extraordinario de la Misericordia (8 de diciembre de 2015 – 20 de noviembre 2016). La labor del Dicasterio ha estado enfocada principalmente a la organización y promoción del Año Santo; paralelamente se ha continuado con la atención a las diversas iniciativas que hacen parte de dos ámbitos específicos que son competencia del Dicasterio: la promoción de la Nueva Evangelización y la Catequesis.

Además de la determinación de formas más concretas para la promoción del Catecismo de la Iglesia Católica, del cual se celebrará el  XXV aniversario, el Consejo Pontificio está empeñado en el cuidado de la formación religiosa de los fieles y en la asistencia a los Departamentos o Secretariados de catequesis de las Conferencias Episcopales.

Del mismo modo, se recordó que al término del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, el Santo Padre confió al Dicasterio la responsabilidad de todo lo concerniente a la iniciativa de los Congresos mundiales de la misericordia (World Apostolic Congress on Mercy – WACOM), también en sus vertientes continentales y regionales.

Con il Motu Proprio Sanctuarium in Ecclesia, el papa Francisco, reconociendo la insustituible peculiaridad que ofrecen los santuarios para la evangelización de nuestro tiempo, transfirió las competencias referidas al desarrollo, valorización y tutela de la pastoral de los santuarios de la Congregación para el Clero al Consejo Pontificio.

El Dicasterio continua comprometido en diversos frentes para sostener la labor pastoral de las iglesias locales, a fin de que la evangelización sea eficaz e impulse las comunidades cristianas a una pastoral clarividente, capaz de conjugar compromiso constante y visión de futuro.

En la Audiencia concedida por el Santo Padre a los Superiores, Miembros, Consultores y Oficiales del Dicasterio, llevada a cabo en la Sala Clementina, el Papa subrayó que el entusiasmo suscitado por el Jubileo de la Misericordia no puede diluirse ni olvidarse. Al contrario, la Iglesia tiene la gran responsabilidad de continuar siendo, sin descanso, instrumento de misericordia; compromiso que se hace concreto y visible en el estilo de vida de los creyentes, vivido a la luz de las distintas obras de misericordia, y que es el propio de todo evangelizador.

 

Esta mañana, a las  11.45, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización con motivo del cierre de sus trabajos, que han tenido lugar en el Vaticano del 27 al 29 de septiembre.

Sigue el discurso que el Papa ha dirigido a los presentes:

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

Me alegra,  al término de la sesión plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización,  reflexionar con vosotros sobre la urgencia  que siente la Iglesia, en este momento histórico particular, de  renovar los esfuerzos y el entusiasmo en su misión perenne de evangelización. Os saludo a todos y doy las gracias a Mons. Fisichella por sus palabras de saludo y por el esfuerzo de su dicasterio  para seguir aportando a la vida de la comunidad eclesial los frutos del Jubileo de la Misericordia.

Este Año Santo ha sido un tiempo de gracia que toda la Iglesia ha vivido con gran fe e intensa espiritualidad. Por lo tanto, no podemos permitir que tanto entusiasmo se diluya u olvide. El pueblo de Dios ha sentido con fuerza el don de la misericordia y ha vivido el Jubileo redescubriendo especialmente el Sacramento de la Reconciliación, como un lugar privilegiado para experimentar la bondad,  la ternura y el perdón de Dios que no conoce límites. La Iglesia, por lo tanto, tiene la gran responsabilidad de continuar sin descanso a ser un instrumento de misericordia. De esta manera se puede permitir más fácilmente que la acogida  del Evangelio se perciba y se viva como un acontecimiento de salvación y que dé un sentido completo y definitivo a la vida personal y social.

El anuncio de la misericordia, que se vuelve concreto y visible en el  estilo de vida de los  creyentes, vivido a la luz de las muchas obras de misericordia,  es parte intrínseca  del compromiso de cada evangelizador  que haya descubierto de primera mano la llamada al apostolado precisamente gracias a

la fuerza de la misericordia que le ha sido reservada.  Los que tienen la tarea de anunciar el Evangelio nunca deberían olvidar las palabras  del apóstol Pablo: “Doy gracias a aquel que revistió de fortaleza, a Cristo Jesús Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio, a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré  misericordia porque obré  por ignorancia, en mi infidelidad, Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí juntamente con la fe y la caridad  en Cristo Jesús: es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores,  y el primero de ellos soy yo. Y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente  manifestase  Jesucristo toda su confianza, y sirviera   de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener la vida eterna” .(1 Timoteo 1:12 -16).

Y ahora vamos a centrarnos más en el tema de la evangelización. Es necesario descubrir cada vez más que por su propia naturaleza pertenece al Pueblo de Dios. Y al respecto, quisiera destacar dos aspectos.

El primero es  la aportación que cada uno de los pueblos  y sus  respectivas culturas ofrecen al camino del Pueblo de Dios. Cada pueblo hacia el que nos encaminamos tiene una riqueza que la Iglesia está llamada a reconocer y valorar para completar la “unidad de todo el género humano” de la cual es “signo” “y  “sacramento “(véase Const. Dogm. Lumen gentium, 1). Esta unidad está constituida “no según la carne, sino en el Espíritu,” (ibid.), que guía nuestros pasos. La riqueza que llega a la Iglesia de la multiplicidad de buenas tradiciones que posee cada pueblo es preciosa para vivificar la acción de la gracia que abre el corazón para acoger  el anuncio del Evangelio. Son auténticos dones que expresan la variedad infinita de la acción creadora del Padre, y que desembocan en la unidad de la Iglesia para aumentar la necesaria comunión con el fin de ser semilla de salvación, preludio de paz universal y lugar concreto de diálogo.

Este ser  Pueblo evangelizador  hace tomar conciencia (cf. ibid, N. Evangelii gaudium, 111.) – y es el segundo aspecto – de una llamada que trasciende cualquier disponibilidad  individual de la persona  para  insertarse  en una “compleja trama de relaciones interpersonales ” (ibid. , 113), que permite experimentar la profunda unidad y humanidad de la comunidad de creyentes. Y esto es particularmente cierto en un momento como el nuestro en el que se asoma con decisión  una cultura nueva, fruto de la tecnología, que, mientras fascina por las conquistas que ofrece, evidencia igualmente la ausencia de una  verdadera relación interpersonal y  de interés por  el otro. Pocas realidades como la Iglesia pueden enorgullecerse de tener un conocimiento del pueblo capaz de valorizar  ese patrimonio cultural, moral y religioso que constituye la identidad de generaciones enteras. Es importante, por tanto, que sepamos penetrar en  el corazón de nuestra gente, para descubrir ese  sentido de Dios y de su amor que da la confianza y la esperanza de mirar hacia adelante con serenidad, a pesar de las graves  dificultades y de la pobreza en que se ve obligada a vivir por la codicia de unos pocos. Si todavía somos capaces de mirar profundamente, podremos encontrar el verdadero deseo de Dios que vuelve inquieto el corazón de tantas personas caídas,  a  su pesar , en al abismo de la indiferencia, que impide  disfrutar de la vida y construir serenamente el propio futuro.  La alegría de la evangelización puede llegar a ellos y devolverles la  fuerza para la conversión

Queridos hermanos y hermanas, la nueva etapa de evangelización que estamos llamados a recorrer  es sin duda  obra de toda la Iglesia, “pueblo de Dios en camino” (ibid. .). Redescubrir este horizonte de sentido y de práctica pastoral concreta puede favorecer el impulso de  evangelización, sin olvidar el valor social que le  corresponde para una promoción humana  genuina e integral (ibid., 178).

Os deseo un buen trabajo, en particular para la preparación de la Primera Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el 19 de noviembre. Os aseguro mi cercanía y mi apoyo. El Señor os  bendiga y la Virgen os proteja.

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