MOVIMIENTO NOMADELFIA Y SUS ACCIONES PASTORALES

El Movimiento “Nomadelfia” fue fundado por el sacerdote Zeno Saltini en un pueblo muy especial que vivía como en las primeras comunidades cristianas donde los bienes son en común, no existe la propiedad privada ni circula el dinero. Se trabaja sólo en su interior y no se recibe paga alguna. Las escuelas son internas y la obligación de acudir a ellas para sus hijos se ha establecido hasta los 18 años de edad. Es un intento de hacer “una civilización nueva fundada en el Evangelio”. Este proyecto utópico ha vivido desde los años 30 diversas etapas. Hoy Nomadelfia cuenta con unas 340 personas (50 familias) que ocupan 4 km2 cerca de Grosseto (Italia). Los nomadelfios han acogido con el paso de los años cerca de 5.000 hijos adoptivos, huérfanos o niños y pobres muy necesitados.

 

Autor: Redactores de Nomadelfia Musical    

Fecha: 4 de abril de 2013

En: Página Web de Nomadelfia

 

La Nueva Evangelización y las Víctimas de la Violencia

   

UNIMINUTO, es actor de fundamental de las grandes transformaciones del país. En esta ocasión, en Yacopí, Cundinamarca, dónde alrededor de 35 personas, habitantes de uno de los municipios en el que todavía se perciben las huellas de la violencia, pero que tienen como anhelo la construcción del tejido social que resignifique la historia de cada integrante de la comunidad, se llevó a cabo la investigación “Sujetos de reparación colectiva y construcción de territorios de paz”.

En esta ocasión el Centro de Formación para la Nueva Evangelización y Catequesis (CEFNEC), del 23 a 25 de julio 2018, fue invitado por el Programa de Trabajo Social de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales – FCHS, líder de dicha investigación, a participar con sus metodologías innovadoras de reconciliación, en el cierre este gran logro investigativo de la institución.

El objetivo del proyecto de investigación se centró en recuperar los recursos de afrontamiento y resistencia que han permitido reconfigurar el tejido social en el sujeto de reparación de Yacopí, a partir de las prácticas sociales que han desarrollado sus habitantes, posterior a los hechos de violencia producidos por el conflicto armado en la región y que han permitido construir comunidades de paz.

Es así como el CEFNEC sigue innovando en sus procesos de investigación, apoyado por sus aliados estratégicos, en este caso el programa de Trabajo Social de UNIMINUTO Sede Calle 80 y su equipo de profesores.

El CEFNEC avanza en la proyección de su nueva imagen

Durante el mes de julio, el Centro de Formación para la Nueva Evangelización y Catequesis (CEFNEC), la Dirección de Mercadeo y la Dirección de Comunicaciones de UNIMINUTO Bogotá Calle 80, adelantaron tres sesiones de análisis, creación y desarrollo, en una de las instalaciones más modernas con las que cuenta la institución educativa, como lo es la Cámara Gesell.

Para cumplir el objetivo del CEFNEC, el cual es establecer una imagen innovadora y un nombre adecuado que represente la actividad evangelizadora que se realiza día a día con los diferentes públicos de interés, ell Centro buscó apoyo en el óptimo desarrollo de la Cámara de Gesell que tiene UNIMINUTO.

En esta actividad se tomaron las percepciones y opiniones de sacerdotes, religiosas, estudiantes de pregrado, comunidad académica, laicos y personas cercanas a la misión del centro de formación, que son de gran apoyo para el óptimo cierre de esta creación, con el fin de establecer cuál es la imagen ideal, el nombre más apropiado y de recordación, y las características que más se resaltan de la labor evangelizadora en América.

¿Cuáles son las características de la cámara Gesell?

La cámara Gesell es una sala de experimentación que hace parte de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales para apoyo de los estudiantes del programa de Psicología, la cual está abierta a ofrecer sus servicios a diferentes entidades educativas y empresariales.

Está cámara consiste en dos ambientes separados, con una pared divisoria en la que hay un vidrio de gran tamaño, que permite ver desde una de las habitaciones lo que ocurre en la otra, pero no al revés. Cuenta con equipo de audio y video. Aquí es posible replicar ciertos fenómenos de la realidad, pero de forma controlada, para realizar experimentos que permitan comprender mejor el comportamiento humano.

Es utilizada para llevar a cabo ejercicios de entrevista e intervenciones estructuradas bajo la supervisión de un profesional especialista en el área de estudio.

Para la universidad es un gran aporte, pues puede ser utilizada por diferentes áreas, unidades y programas académicos como Trabajo Social, Psicología, Mercadeo, entre otros, que lleven a cabo simulación de casos, procesos de entrevista e investigación.

Es por esto que el CEFNEC se unió a las ventajas que ofrece la cámara Gesell y sigue innovando en procesos de investigación, apoyado por sus aliados estratégicos, la tecnología y avances de UNIMINUTO para crear nuevos proyectos y dar respuesta a las nuevas tendencias y Lenguajes del mundo.

Un paso adelante en la construcción de nuevos lenguajes de evangelización

Mientras los corazones palpitaban por la selección Colombia y su paso a octavos, después de eliminar en vibrante partido a Senegal, el pasado 28 de Junio el Padre Jean Michel Amouriaux, Superior General de la Congregación de Jesús y María –Padres Eudistas- visitaba el Centro de Formación para la Nueva Evangelización y Catequesis – CEFNEC, para compartir con los integrantes del centro experiencias tan emocionantes y vivificantes como es anunciar el Evangelio desde las realidades culturales de los agentes de evangelización.

La presencia del Padre Jean Michel en el CEFNEC fue de gran importancia, porque es uno de los cuatro socios junto al Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, la Organización Minuto de Dios y UNIMINUTO, quien pudo conocer de primera mano, los proyectos que se vienen adelantando con varias Iglesias Particulares del Continente, además de las acciones conjuntas que se realizan con las distintas instancias de UNIMINUTO, y las perspectivas que se abren con las parroquias de la Provincia Eudista del Minuto de Dios.

Al igual que el jugador que se eleva más alto que los demás para marcar el gol, el CEFNEC, quiere desde sus propuestas académicas y su observatorio, tener una mirada más amplia y mayor, con el respaldo del Padre Jean Michel, para que juntos puedan construir nuevos lenguajes y métodos al servicio de la Iglesia y los Padres Eudistas con entusiasmo e intrepidez.

TRIDUO “CAMINO DE PENTECOSTÉS”

El Triduo “Camino de Pentecostés”, es una actividad de preparación a la fiesta del Espíritu Santo desde el sentido de la Nueva Evangelización que produce y realiza el Centro de Formación para la Nueva Evangelización y Catequesis, CEFNEC, en colaboración con la Vicerrectoría General de Pastoral de UNIMINUTO en este 2018. En este primer día, el Padre Diego Jaramillo Cuartas, Presidente de la Organización Minuto de Dios (OMD), nos habla sobre las cuatro características de “Pentecostés” desde la Nueva Evangelización: cultura, espiritualidad, clima e idioma en relación al pensamiento del Papa Juan Pablo II. Igualmente, se invita a interiorizar esta preparación con una oración y con unas preguntas que hacen efectiva la realización de este camino. Los invitamos a que, siendo dóciles a la fuerza del Espíritu Santo, recibamos la gracia y la fuerza para responder a los retos evangelizadores que experimenta la Iglesia en los tiempos contemporáneos.

A continuación encontrará unas imágenes, las cuales al hacer click en cada una, llevan al video correspondiente del día de Pentecostés de este Triduo.

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El Papa publica «Veritatis Gaudium»

 

El Papa publica «Veritatis Gaudium» para la reforma de universidades y facultades eclesiásticas

 Imagen Papa

El Papa Francisco busca la reforma de las universidades y facultades eclesiásticas mediante una nueva Constitución Apostólica, titulada «Veritatis Gaudium», que se presentó este lunes 29 de enero en el Vaticano.

La Constitución se divide en dos partes: una primera que recoge normas comunes, y una segunda en la que se establecen normas aplicativas para la correcta ejecución de lo establecido en este nuevo documento.
Firmado el 8 de diciembre de 2017 y publicada hoy, el documento cuyo nombre en latín significa «La alegría de la verdad», está orientado para el servicio de las universidades y facultades eclesiásticas que, a diferencia de las universidades católicas regulares, ofrecen grados aprobados por el Vaticano para enseñar en seminarios o en universidades pontificias.
El documento abroga cualquier norma contraria establecida por San Juan Pablo II en la Constitución Apostólica «Sapientia Christiana» de 1979, emitida después de un atento estudio del decreto del Concilio Vaticano II «Optatam Totius» sobre los estudios eclesiásticos.
Es necesario precisar que la nueva Constitución «Veritatis Gaudium» no afecta la Constitución Apostólica «Ex corde Ecclesiae» de 1990, también de San Juan Pablo II, que rige a las universidades católicas en todo el mundo y no a los centros eclesiásticos.

El Papa Francisco explica que «hoy es urgente y necesaria una oportuna revisión y actualización de dicha Constitución Apostólica (Sapientia Christiana) en fidelidad al espíritu y a las directrices del Vaticano II».

«Aunque sigue siendo plenamente válida en su visión profética y en sus lúcidas indicaciones, se ha visto necesario incorporar en ella las disposiciones normativas emanadas posteriormente, teniendo en cuenta, al mismo tiempo, el desarrollo de los estudios académicos de estos últimos decenios, y también el nuevo contexto socio-cultural a escala global, así como todo lo recomendado a nivel internacional en cuanto a la aplicación de las distintas iniciativas a las que la Santa Sede se ha adherido».
Con esta Constitución se pretende poner a las Universidades y Facultades de estudios eclesiásticos al servicio de una Iglesia misionera en salida.

Principales novedades
De esta manera, el Papa Francisco renueva el compromiso de la Iglesia con los estudios eclesiásticos mediante esta Constitución en la que, como señaló Mons. Angelo Vincenzo Zani, Secretario de la Congregación para la Educación Católica, «además de confirmar las disposiciones normativas precedentes, establece varias novedades de diferente naturaleza. Algunas afectan a los cursos de estudio y a los títulos, otros a las figuras de los docentes y de quienes desempeñan cargos de responsabilidad, y otros a aspectos institucionales».
La principal novedad del documento afecta a las características y objetivos del AVEPRO, la Agencia para la Evaluación y la Promoción de la Calidad, creada en septiembre de 2007 por el Papa Benedicto XVI y que ahora figura insertada en las nuevas normas.
Al respecto, en el Artículo 1 de las Normas Aplicativas para la Ejecución de la Constitución dice: «Las Universidades y Facultades eclesiásticas, además de las otras instituciones de educación superior, están por norma sujetas a la evaluación de la Agencia de la Santa Sede para la Evaluación y la Promoción de la Calidad de las Universidades y Facultades eclesiásticas (AVEPRO)».
Según indicó Mons. Zani, «esta novedad se debe al hecho de que la Santa Sede se haya adherido a las convenciones y acuerdos internacionales en virtud de los cuales el sistema de los estudios eclesiásticos puede entrar en diálogo con la cultura académica en general. Así, puede garantizar, tanto al interior como, principalmente, al exterior del propio sistema de estudios, la calidad de la oferta formativa, como se está haciendo hoy en todos los países del mundo».
Esta Agencia «debe ser siempre una entidad autónoma con respecto al Ministerio, en el caso de la Santa Sede, la Congregación para la Educación Católica».
En el Artículo 8 de las Normas Comunes establecidas en el documento se señala que las universidades no eclesiásticas aprobadas por la Santa Sede deberán regirse en función por lo dictado en el presente texto jurídico.
Se especifica que «las Facultades eclesiásticas erigidas o aprobadas por la Santa Sede dentro de Universidades no eclesiásticas, que confieren grados académicos tanto canónicos como civiles, deben observar las prescripciones de esta Constitución, respetando los acuerdos bilaterales y multilaterales que hayan sido estipulados por la Santa Sede con las distintas Naciones o con las mismas Universidades.».
Otro de los puntos novedosos de esta nueva Constitución afecta a la educación a distancia, un servicio «cada vez más demandado». «La revolución informática y telemática se ha introducido ampliamente en los sistemas de estudios académicos, abriendo escenarios hasta hace poco impensables», explicó Mons. Zani.
En el Artículo 33 de las Normas Aplicativas de la Constitución se puede leer: «Una parte de los cursos pueden impartirse en la modalidad de educación a distancia si el ordenamiento de los estudios, aprobado por la Congregación para la Educación Católica, lo establece y determina las condiciones».
Mons. Zani indicó que «el Dicasterio, a partir de este artículo, iniciará de forma inmediata la preparación de una instrucción que contenga los criterios aplicables para la enseñanza a distancia, para que se sustente en un espíritu de colaboración entre instituciones y no de competencia».
Por otro lado, se ha introducido otro artículo, el 32 de las Normas Comunes establecidas en el documento, «que afecta a la misión de los Institutos de estudios superiores a la hora de afrontar el creciente fenómeno de los refugiados y solicitantes de asilo».
Según este artículo, la Facultad debe determinar «en sus estatutos los procedimientos para evaluar las modalidades de tratamiento en el caso de refugiados, prófugos o personas en situaciones análogas desprovistos de la regular documentación exigida».

Criterios fundamentales
Según aclara el Papa Francisco en el Proemio de la Constitución, se proponen cuatro criterios fundamentales en los que se deben sustentar la renovación y el relanzamiento de los estudios eclesiásticos a partir de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
El primero de estos criterios es «la contemplación y la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerygma, es decir, la siempre nueva y fascinante buena noticia del Evangelio de Jesús (…) en la vida de la Iglesia y de la humanidad».
Un segundo criterio sería «el diálogo a todos los niveles, no como una mera actitud táctica, sino como una exigencia intrínseca para experimentar comunitariamente la alegría de la Verdad y para profundizar su significado y sus implicaciones prácticas».
El tercer criterio apuntado por el Santo Padre es «la inter y la transdisciplinariedad ejercidas con sabiduría y creatividad a la luz de la Revelación».
Finalmente, el cuarto criterio «se refiere a la necesidad urgente de «crear redes» entre las distintas instituciones que, en cualquier parte del mundo, cultiven y promuevan los estudios eclesiásticos, y activar con decisión las oportunas sinergias también con las instituciones académicas de los distintos países y con las que se inspiran en las diferentes tradiciones culturales y religiosas».

Autor: Redacción InfoCatólica / ACI Prensa
Fecha: 29 de enero de 2018
En: InfoCatólica / ACI Prensa

Audiencia a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización

En la Sala Bologna del Palacio Apostólico, tuvo lugar del 27 al 29 de septiembre de 2017 la IV Asamblea Plenaria de los Miembros del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

Luego de la oración y del saludo inicial, S.E. Mons. Rino Fisichella, Presidente del Dicasterio, informó sobre las actividades adelantadas en los últimos dos años y sobre las nuevas competencias que el Santo Padre ha asignado al Consejo Pontificio.

En particular, el Presidente se ha detenido en el evento de gracia que ha significado para toda la Iglesia en el mundo el Jubileo Extraordinario de la Misericordia (8 de diciembre de 2015 – 20 de noviembre 2016). La labor del Dicasterio ha estado enfocada principalmente a la organización y promoción del Año Santo; paralelamente se ha continuado con la atención a las diversas iniciativas que hacen parte de dos ámbitos específicos que son competencia del Dicasterio: la promoción de la Nueva Evangelización y la Catequesis.

Además de la determinación de formas más concretas para la promoción del Catecismo de la Iglesia Católica, del cual se celebrará el  XXV aniversario, el Consejo Pontificio está empeñado en el cuidado de la formación religiosa de los fieles y en la asistencia a los Departamentos o Secretariados de catequesis de las Conferencias Episcopales.

Del mismo modo, se recordó que al término del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, el Santo Padre confió al Dicasterio la responsabilidad de todo lo concerniente a la iniciativa de los Congresos mundiales de la misericordia (World Apostolic Congress on Mercy – WACOM), también en sus vertientes continentales y regionales.

Con il Motu Proprio Sanctuarium in Ecclesia, el papa Francisco, reconociendo la insustituible peculiaridad que ofrecen los santuarios para la evangelización de nuestro tiempo, transfirió las competencias referidas al desarrollo, valorización y tutela de la pastoral de los santuarios de la Congregación para el Clero al Consejo Pontificio.

El Dicasterio continua comprometido en diversos frentes para sostener la labor pastoral de las iglesias locales, a fin de que la evangelización sea eficaz e impulse las comunidades cristianas a una pastoral clarividente, capaz de conjugar compromiso constante y visión de futuro.

En la Audiencia concedida por el Santo Padre a los Superiores, Miembros, Consultores y Oficiales del Dicasterio, llevada a cabo en la Sala Clementina, el Papa subrayó que el entusiasmo suscitado por el Jubileo de la Misericordia no puede diluirse ni olvidarse. Al contrario, la Iglesia tiene la gran responsabilidad de continuar siendo, sin descanso, instrumento de misericordia; compromiso que se hace concreto y visible en el estilo de vida de los creyentes, vivido a la luz de las distintas obras de misericordia, y que es el propio de todo evangelizador.

 

Esta mañana, a las  11.45, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización con motivo del cierre de sus trabajos, que han tenido lugar en el Vaticano del 27 al 29 de septiembre.

Sigue el discurso que el Papa ha dirigido a los presentes:

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

Me alegra,  al término de la sesión plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización,  reflexionar con vosotros sobre la urgencia  que siente la Iglesia, en este momento histórico particular, de  renovar los esfuerzos y el entusiasmo en su misión perenne de evangelización. Os saludo a todos y doy las gracias a Mons. Fisichella por sus palabras de saludo y por el esfuerzo de su dicasterio  para seguir aportando a la vida de la comunidad eclesial los frutos del Jubileo de la Misericordia.

Este Año Santo ha sido un tiempo de gracia que toda la Iglesia ha vivido con gran fe e intensa espiritualidad. Por lo tanto, no podemos permitir que tanto entusiasmo se diluya u olvide. El pueblo de Dios ha sentido con fuerza el don de la misericordia y ha vivido el Jubileo redescubriendo especialmente el Sacramento de la Reconciliación, como un lugar privilegiado para experimentar la bondad,  la ternura y el perdón de Dios que no conoce límites. La Iglesia, por lo tanto, tiene la gran responsabilidad de continuar sin descanso a ser un instrumento de misericordia. De esta manera se puede permitir más fácilmente que la acogida  del Evangelio se perciba y se viva como un acontecimiento de salvación y que dé un sentido completo y definitivo a la vida personal y social.

El anuncio de la misericordia, que se vuelve concreto y visible en el  estilo de vida de los  creyentes, vivido a la luz de las muchas obras de misericordia,  es parte intrínseca  del compromiso de cada evangelizador  que haya descubierto de primera mano la llamada al apostolado precisamente gracias a

la fuerza de la misericordia que le ha sido reservada.  Los que tienen la tarea de anunciar el Evangelio nunca deberían olvidar las palabras  del apóstol Pablo: “Doy gracias a aquel que revistió de fortaleza, a Cristo Jesús Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio, a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré  misericordia porque obré  por ignorancia, en mi infidelidad, Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí juntamente con la fe y la caridad  en Cristo Jesús: es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores,  y el primero de ellos soy yo. Y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente  manifestase  Jesucristo toda su confianza, y sirviera   de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener la vida eterna” .(1 Timoteo 1:12 -16).

Y ahora vamos a centrarnos más en el tema de la evangelización. Es necesario descubrir cada vez más que por su propia naturaleza pertenece al Pueblo de Dios. Y al respecto, quisiera destacar dos aspectos.

El primero es  la aportación que cada uno de los pueblos  y sus  respectivas culturas ofrecen al camino del Pueblo de Dios. Cada pueblo hacia el que nos encaminamos tiene una riqueza que la Iglesia está llamada a reconocer y valorar para completar la “unidad de todo el género humano” de la cual es “signo” “y  “sacramento “(véase Const. Dogm. Lumen gentium, 1). Esta unidad está constituida “no según la carne, sino en el Espíritu,” (ibid.), que guía nuestros pasos. La riqueza que llega a la Iglesia de la multiplicidad de buenas tradiciones que posee cada pueblo es preciosa para vivificar la acción de la gracia que abre el corazón para acoger  el anuncio del Evangelio. Son auténticos dones que expresan la variedad infinita de la acción creadora del Padre, y que desembocan en la unidad de la Iglesia para aumentar la necesaria comunión con el fin de ser semilla de salvación, preludio de paz universal y lugar concreto de diálogo.

Este ser  Pueblo evangelizador  hace tomar conciencia (cf. ibid, N. Evangelii gaudium, 111.) – y es el segundo aspecto – de una llamada que trasciende cualquier disponibilidad  individual de la persona  para  insertarse  en una “compleja trama de relaciones interpersonales ” (ibid. , 113), que permite experimentar la profunda unidad y humanidad de la comunidad de creyentes. Y esto es particularmente cierto en un momento como el nuestro en el que se asoma con decisión  una cultura nueva, fruto de la tecnología, que, mientras fascina por las conquistas que ofrece, evidencia igualmente la ausencia de una  verdadera relación interpersonal y  de interés por  el otro. Pocas realidades como la Iglesia pueden enorgullecerse de tener un conocimiento del pueblo capaz de valorizar  ese patrimonio cultural, moral y religioso que constituye la identidad de generaciones enteras. Es importante, por tanto, que sepamos penetrar en  el corazón de nuestra gente, para descubrir ese  sentido de Dios y de su amor que da la confianza y la esperanza de mirar hacia adelante con serenidad, a pesar de las graves  dificultades y de la pobreza en que se ve obligada a vivir por la codicia de unos pocos. Si todavía somos capaces de mirar profundamente, podremos encontrar el verdadero deseo de Dios que vuelve inquieto el corazón de tantas personas caídas,  a  su pesar , en al abismo de la indiferencia, que impide  disfrutar de la vida y construir serenamente el propio futuro.  La alegría de la evangelización puede llegar a ellos y devolverles la  fuerza para la conversión

Queridos hermanos y hermanas, la nueva etapa de evangelización que estamos llamados a recorrer  es sin duda  obra de toda la Iglesia, “pueblo de Dios en camino” (ibid. .). Redescubrir este horizonte de sentido y de práctica pastoral concreta puede favorecer el impulso de  evangelización, sin olvidar el valor social que le  corresponde para una promoción humana  genuina e integral (ibid., 178).

Os deseo un buen trabajo, en particular para la preparación de la Primera Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el 19 de noviembre. Os aseguro mi cercanía y mi apoyo. El Señor os  bendiga y la Virgen os proteja.

Presentación UNIMINUTO y CEFNEC a los Sres. Obispos de Colombia

El pasado 4 de Julio Uniminuto, en el ámbito de la reunión de la Conferencia Episcopal de Colombia, CEC, ofreció un almuerzo a  todos los Señores Obispos de Colombia reunidos en Conferencia.

Asistieron los Señores Cardenales Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y José de Jesús Pimiento, como también la mayoría de los señores Arzobispos y Obispos de las diferentes diócesis del País.

Durante este almuerzo el P. Harold Castilla, Rector General de Uniminuto, presentó Uniminuto y ofreció a todos los prelados los servicios de Uniminuto.

De igual manera el P. Mario F. Hormaza, Eudista, presentó el Centro de Formación para la Nueva Evangelización y Catequesis, CEFNEC, de Uniminuto, dando a conocer a los Obispos los objetivos y los servicios del Centro que está a la disposición de la nueva evangelización para todas las diócesis de Colombia.

En el intercambio, al final del almuerzo, muchos Obispos se mostraron interesados en recibir mayor información del CEFNEC.

FORMACIÓN DE AGENTES DE NUEVA EVANGELIZACIÓN

Autor: Mons. Octavio Ruíz. Secretario del PCPNE

Fecha: 26 de abril de 2017

Lugar: Ponencia en el Primer Encuentro Internacional de Centros Académicos de evangelización convocado por el PCPNE, en Roma.

 

La misión propia y fundamental que recibió la Iglesia por parte del Señor fue la de formar auténticos discípulos:

Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20).

La Iglesia, por consiguiente, debe continuar la misión de proclamar e instaurar el Reino, es decir, evangelizar para hacer presente en medio de todos a Cristo que vino a traernos la salvación y a manifestar el amor y la misericordia de Dios su Padre. Esta tarea que, como nos enseñaba el Beato Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, constituye «la dicha y vocación propia de la Iglesia»[1] es, sin embargo, un proceso complejo que requiere variados elementos,: «renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado»[2].

Se trata de un anuncio que debe tocarnos profundamente, frente al cual no nos podemos quedar indiferentes, ya que no consiste en la simple aceptación de un mensaje o de una revelación, sino que es ante todo un encuentro vivificador y gozoso con Cristo Resucitado[3]; encuentro que debe repercutir en el entorno social y cultural que nos rodea. Lo primero que busca la evangelización es que aceptemos a Cristo, que ha venido a dar sentido a nuestra existencia humana, para que podamos lograr la realización plena de nuestros anhelos más profundos puesto que él es el único Salvador. La experiencia gozosa y llena de esperanza de ese encuentro con Cristo debe llevarnos a compartirla a un mundo afligido por la violencia, la corrupción, la mentira, la falta de respeto a la vida y a la dignidad humana. Si dejamos de lado las repercusiones sociales y culturales del anuncio del Evangelio, o acentuamos de manera desmedida esas mismas, no podemos entender debidamente lo que es evangelizar. La evangelización no es, por lo tanto, una simple tarea humana, sino un encargo divino que el Señor mismo confió a la Iglesia y para cuyo cumplimiento contamos constantemente con su presencia: es él quien nos impulsa y nos da su Espíritu para que podamos ser sus testigos (cf. Hch 1,8).

Frente a los dramáticos cambios en la sociedad, a la pérdida del entusiasmo y de la alegre vivencia de la fe, a la incoherencia entre fe y vida, a la desconfianza hacia la Iglesia y al creciente influjo del secularismo, muchos bautizados se han alejado de la Iglesia o se muestran totalmente indiferentes e incluso han salido a tratar de saciar su sed de Dios en otras confesiones religiosas. Por todo esto San Juan Pablo II y Benedicto XVI insistieron permanentemente en la necesidad de una nueva evangelización que debe comprometer la responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios. El papa Francisco en la Exhortación Evangelii gaudium ha vuelto a indicar dicha urgencia presentándola como la necesidad de impulsar una nueva etapa evangelizadora que sea más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa»[4], marcada por la alegría del Evangelio[5] y por una transformación misionera de la Iglesia[6]. Para llevar a cabo esta tarea ha insistido, además, en la necesidad de formar discípulos misioneros.

  1. Formación de nuevos evangelizadores

En la Evangelii nuntiandi el papa pedía a los obispos que se preocuparan con seriedad de una adecuada formación de todos los ministros de la Palabra para infundir en ellos el entusiasmo que se requiere para anunciar hoy día a Cristo[7]. Para darle cauce a esta recomendación es necesario recordar el modo como Jesús se preocupó por formar a sus discípulos antes de enviarlos a la misión, comunicándoles lo que había oído del Padre, iniciándolos en la oración y enviándolos a evangelizar, para lo cual les prometió el envío del Espíritu Santo que habría de guiarlos a la verdad plena y sostenerlos en los inevitables momentos de dificultad[8]. De igual modo, en la actualidad, antes de enviar a evangelizar hay que tener el cuidado de contar con personas bien formadas y preparadas, pues de lo contrario se pone en peligro el cumplimiento de la misión[9]. El papa Francisco nos recuerda, además, que para evangelizar es necesario un auténtico acompañamiento espiritual[10] para suscitar un camino de formación y de maduración que ayude al crecimiento y a la conformación con Cristo, ya que no se trata de una simple transmisión de conocimientos teóricos[11]. En efecto, todos los nuevos evangelizadores, sean laicos, religiosos o sacerdotes, necesitan ser formados a través de un proceso que contemple integralmente a la persona, proceso que, apoyado fuertemente en la Palabra de Dios y el testimonio vivo de la Iglesia, ofrezca una seria formación humana, espiritual, doctrinal y pastoral.

  • Formación

Durante la realización del Sínodo sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana» la palabra formación resonó muchísimo para indicar que se trataba de una condición previa de la nueva evangelización. Quien evangeliza tiene que haber sido evangelizado primero y ser un testigo válido que ha sido formado, que ha iniciado un proceso de trans-formación de la propia vida cristiana y un camino de con-formación o de seguimiento de la persona de Jesús.

La palabra formación quiere decir «acción de formar o formarse», pero también puede entenderse como el «nivel de conocimientos que una persona posee sobre una determinada materia». Es una palabra que proviene de la palabra forma, que significa la figura o determinación exterior de la materia, pero también la disposición o expresión de una potencialidad o facultad de las cosas, como también la fórmula y el modo de proceder en algo. Desde el punto de vista filosófico se entiende como el principio activo que da a la cosa su entidad, ya sustancial, ya accidental.

Para la formación de nuevos evangelizadores tenemos entonces que tener muy en cuenta la situación actual de transformación y de crisis que estamos viviendo en muchísimos campos, a raíz de los profundos cambios culturales que se han ido produciendo por doquier y que han implicado una amalgama de presupuestos vitales muy diferentes a los que teníamos hasta hace poco tiempo. Al respecto decía el Cardenal Bergoglio: «Ya no se trata de apuntalar éste o aquel valor, de despertar tal o cual ideal, de consolidar una u otra virtud, sino que el concepto mismo de formación está en cuestión. La pregunta es cómo “formar” en un medio cultural en el que lo valioso parece ser no precisamente las formas sino la vivencia de experiencias que transgreden las formas, que las mezclan, las disuelven y las transforman incesantemente»[12].

  • Responder a los desafíos actuales

Ser creyente en la actualidad no es lo mismo a lo que era ser creyente en una época de cristiandad. Ya no se cuenta con la seguridad de una tradición religiosa consolidada en la sociedad civil, ni tampoco con una transmisión de la fe por parte de la familia, pues estamos en un mundo en el que se plantea permanentemente la validez de la fe misma, el sentido y valor que pueda tener el hecho de creer en una sociedad cada vez más laica y plural fuertemente soportada por la ciencia y la tecnología. Todo ello va creando serios interrogantes que se refieren, por una parte, a cómo hablar de Dios y cómo relacionarse con Él de manera personal sin que pierda su trascendencia y, sobre todo, sin reducirlo a una simple fuerza sustituta de aquello que todavía no puede explicar la ciencia; por otra, a cómo ser cristiano en una sociedad tan cambiante, secularizada y relativista.

En este momento, en el que podemos hablar de un «cambio de época»[13], se nos presenta el reto de repensar los modos de transmitir la fe de tal modo que lo que anunciamos diga algo a la gente de hoy. Lamentablemente muchos bautizados sufren una crisis de identidad, han olvidado lo que son y a lo que están llamados en la Iglesia, se han amoldado a las costumbres y a la mentalidad del mundo que los rodea y les da hasta temor presentarse como personas de fe, pues ser cristiano hoy no es algo popular, sino algo que exige valor y coherencia. Esto nos lleva a ver la urgencia de ayudar a descubrir de nuevo la identidad propia dentro de la Iglesia, reforzar o inculcar el sentido de pertenencia y hacer tomar conciencia de las exigencias que se presentan al discípulo misionero.

Benedicto XVI al dirigirse a los participantes de un primer encuentro de nuevos evangelizadores que organizó nuestro Pontificio Consejo les decía que «El hombre contemporáneo está, a menudo, confuso y no consigue encontrar respuestas a tantas preguntas que agitan su mente con respecto al sentido de la vida y a las cuestiones que alberga en lo profundo de su corazón. El hombre no puede eludir estas preguntas que afectan al significado de sí mismo y de la realidad. ¡No puede vivir en una sola dimensión! Sin embargo, no por casualidad, es alejado de la búsqueda de lo esencial de la vida, mientras que le propone una felicidad efímera, que lo contenta sólo un instante, pero que deja enseguida, tristeza e insatisfacción»[14]. Ya antes de ser elegido Sucesor del apóstol Pedro les decía a los catequistas de Roma: «La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo esta proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad? Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18). Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino»[15].

Así, pues, la formación de los discípulos misioneros que quieren llevar a cabo la nueva evangelización no puede contentarse con la simple adquisición de competencias específicas para la eficaz transmisión de los contenidos de la fe, sino que debe buscar que sea un proceso que les trace un sólido itinerario de crecimiento y maduración de la fe. Los obispos de América Latina reunidos en la Conferencia General de Aparecida destacaban al respecto cinco aspectos fundamentales que deben estar presentes en el proceso de formación de discípulos misioneros[16]: Propiciar el encuentro con Jesucristo, conducir a la conversión como respuesta de dicho encuentro, fortalecer el discipulado para perseverar en la vida cristiana, vivir la comunión de manera fraterna y salir en misión a anunciar a Jesucristo muerto y resucitado, para dar respuesta a los grandes interrogantes que se plantean los hombres y las mujeres de hoy acerca del sentido de su vida y para hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados.

El nuevo evangelizador, por consiguiente, tiene que tomar conciencia y acoger con gran brío el gran desafío de evangelizar en la actualidad, para lo cual tiene que mejorar y continuar en su personal camino de profundización y vivencia de la fe, colocando siempre a Cristo en el centro mismo de su propia existencia, de su quehacer cotidiano y, lógicamente, de su labor como discípulo misionero. Al mismo tiempo, sin embargo, debe conocer el entorno en el que vive, sus problemas y angustias, pero igualmente sus motivos de gozo y de esperanza, y tiene que hacer lo posible para que el anuncio de Cristo sea recibido como una buena noticia que viene a engrandecer la dignidad de quien lo acoge.

Este itinerario no lo puede recorrer de manera aislada, sino al interior de la comunidad cristiana, dentro de la cual se radica y desarrolla todo auténtico camino de fe. De ahí, por lo tanto, que su formación deba ser cristocéntrica y profundamente eclesial para ayudarlo a que sea idóneo para realizar la tarea de ser un auténtico evangelizador. Esto supone, por parte de la comunidad, el esfuerzo de brindarle un acompañamiento personal y espiritual, puesto que quien evangeliza ha de ser un ejemplo de vida cristiana y de compromiso eclesial.

  1. Parámetros para la formación

Si hacemos un parangón con lo que dijo Jesús: «!A vino nuevo, odres nuevos!» (Mc 2,22) debemos tener presente que si queremos realizar una nueva evangelización es necesario tener nuevos evangelizadores. Esto quiere decir hombres y mujeres impregnados de Dios, de su gracia, que acojan con alegría y docilidad la acción del Espíritu Santo que actúa en ellos y, de esa manera, convertirse en «testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales»[17].

  • Evangelizadores con Espíritu

Dentro de la llamada que nos hace el Señor para ser sus discípulos se contempla el que seamos al mismo tiempo misioneros, lo cual nos debe llevar a tomar plena conciencia de haber recibido una llamada suya desde el momento mismo del bautismo. Allí hemos recibido el Espíritu Santo, el cual, «infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente»[18] y es quien da solidez a la acción evangelizadora.

Los nuevos evangelizadores requieren de una seria formación espiritual, pues necesitan ser ayudados y acompañados a fin de que toda su vida sea transfigurada en la presencia de Dios. El papa Francisco dice que deben ser «Evangelizadores con Espíritu» que sepan cultivar su relación con el Señor por medio de la oración, de su encuentro orante con la Palabra y de momentos de adoración para que, contemplando con amor al Señor, adquieran un espíritu contemplativo que alimente y refuerce su amor a Jesús y se dejen cautivar por él, para salir a comunicarlo con la palabra y el ejemplo de vida[19]. Esto exige que el nuevo evangelizador, por una lado, deseche toda imagen de Dios que no se corresponda plenamente con la revelada por Jesús y, por otro, que no conciba su fe como algo privado, individualista, centrada en actos de piedad y alejada de la realidad que lo rodea, sino que debe ser entendida como una relación personal con Cristo el Señor, con una clara dimensión social y de pertenencia eclesial que le impulse a lo largo de toda su existencia.

Elemento fundamental para vivir su espiritualidad es la de tomar conciencia de su compromiso firme de ser misericordioso como Jesús. Esto hace parte integral de su vivencia de fe y de su sentido de Iglesia, ya que la misericordia no solo constituye un ideal de vida cristiana y un criterio de credibilidad de la fe[20], sino que, ante el mundo, «La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo»[21].

  • Ímpetu misionero

La labor que va a desarrollar el nuevo evangelizador debe estar marcada por una verdadera conversión pastoral y misionera, a la cual nos llama Francisco[22]. Es el momento de voltear página y reconocer que no podemos seguir transmitiendo la fe sin tener en cuenta las grandes transformaciones de la humanidad que nos exigen renovación y un cambio de actitud y de estilo. Por ello, anunciar el Evangelio hoy requiere que quien lo anuncia haga una seria opción misionera para poder salir a buscar a aquellos que se han alejado de la Iglesia, a los que han abandonado la fe, a los que no conocen a Cristo, sin descuidar a aquellos que permanecen fieles y activos dentro de la Iglesia. Ese salir misionero conlleva el deseo de amar como Jesús a todos los que encuentra en el camino, sin importar que sean de cultura, de creencia religiosa, de lengua o de raza diferentes, para transmitirles la alegría de haber conocido al Señor y de saber que él siempre cumple su promesa de estar a nuestro lado (cf. Mt 28,20).

La formación del nuevo evangelizador entonces debe estar encaminada a capacitarlo para evangelizar. Esto podría parecer algo que sobraría mencionar, pero la realidad es que es allí donde podemos encontrar una expresión de la necesidad de conversión pastoral y de renovación misionera. Durante mucho tiempo se dejó de lado el anuncio explícito y testimonial que debía conducir al encuentro personal con Cristo, se abandonó el acercamiento a la Palabra de Dios y el nutrirse de ella y se pasó directamente a una praxis sacramental. A partir del Vaticano II se dio un vuelco al respecto, pero todavía falta mucho para que todos tengan una conciencia de la centralidad de la Palabra de Dios en la vida del bautizado. En la actualidad no se puede olvidar el primer paso que hay que dar en el proceso evangelizador: el primer anuncio, aquél que debe despertar el ánimo y el deseo de conocer al Señor. En la Evangelii gaudium el papa subraya que ese primer anuncio o kerygma debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial, el cual debe resonar siempre en el corazón del creyente[23].

  • Liderazgo

El papa Francisco, al insistir en la urgencia de una renovación de la Iglesia, expresa su profundo deseo de que ella sea una Iglesia en salida en la que los discípulos misioneros “primereen”, se involucren, acompañen, fructifiquen y festejen, como lo hizo el Señor. Por esto dice que los nuevos evangelizadores han de ser hombres y mujeres que tomen la iniciativa sin miedo, que salgan al encuentro, que busquen a los lejanos e inviten a los excluidos[24]. Con todo ello nos quiere indicar la necesidad de que sean líderes.

El líder es una persona con gran capacidad de influir en las otras personas y que es previsora, que sabe a dónde se dirige y qué es lo que busca, para conducir con seguridad y sin titubeos a metas y objetivos bien concretos, infundiendo entusiasmo para que lo sigan.

Este es uno de los aspectos que debemos tomar en consideración al pensar en la formación de nuevos evangelizadores. Tenemos que formar personas que sepan ejercer un liderazgo, que no tengan temor de tener iniciativas, de sugerir, de impulsar, de animar, de acompañar. Personas que sientan la necesidad de comunicar su experiencia de vida y de encuentro con el Señor con parresia. Más aún, líderes que conozcan sus fortalezas y sus carismas para ponerlas al servicio de los demás, pero al mismo tiempo que tengan la humildad de reconocer sus debilidades y la necesidad de contar con la colaboración de otras personas y, por consiguiente, de saber trabajar en equipo. Personas, entonces, que sepan aceptar no solo la necesidad de rodearse de otras que les ayuden en su tarea, sino también que les colaboren a enderezar el camino, si es necesario, y a mirar y reconocer situaciones que a veces se les puedan escapar. Por eso ellos tienen que estar profundamente insertados en su comunidad, pues su labor es una tarea eclesial, en la que su palabra y su testimonio pretende comunicar una experiencia de fe que no es individual, sino que está dirigida a transmitir la fe de la Iglesia, es decir, la fe de una comunidad que ama a Cristo y cree y vive en él.

  • Evangelizadores con visión y con un nuevo rostro

Quien evangeliza no puede quedarse anclado mirando lo inmediato, o proyectando simples estrategias de comunicación. Tiene más bien que mirar mucho más allá, dirigiendo con perspicacia su mirada hacia dónde se encamina su acción misionera, es decir, debe tener una visión muy clara de Aquél que le da alegría y sentido a su vida, para comunicarla con pasión, pues va a transmitir una experiencia gratificante que llena de regocijo su existencia. Las dificultades que se presentan hoy a los evangelizadores no pueden acobardarlos ni encerrarlos en un presentimiento de derrota que, como dice el papa, los convierte en «pesimistas quejosos y desencarnados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo»[25]. El sueño del evangelizador, que ha hecho una opción misionera, debe ser que todos acojan con alegría al Señor como el único Salvador, lo amen, lo sigan y traten de vivir como él, comprometiéndose a colaborar positivamente en una transformación profunda de la humanidad.

A partir de esa visión y de ese sueño, que deben impulsar su labor, el evangelizador debe aprender a comunicarlos buscando y planificando las estrategias necesarias para cumplir su misión. Si no da este paso su labor se quedará en una simple fantasía. Debe aprender entonces a discernir cómo hacer realidad ese sueño evangelizador y cómo presentarse ante aquellos a quienes se ha acercado, para lo cual debe aprender a dialogar con las culturas y con la sociedad y estar abierto a captar y discernir los signos de los tiempos.

Ahora bien, si quiere ser acogido, tiene que mostrar alegría y entusiasmo. Éstas han ser dos de las características que no le pueden faltar y, por lo tanto, debe saber sonreír mostrando que está convencido de que lo que anuncia es algo hermoso y bueno para la vida. La sonrisa no puede ser ficticia, sino sincera, que muestre en su rostro que vive el consejo de san Pablo: «alegraos siempre en el Señor» (Fil 4,4). Se trata de acrecentar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas», para que el mundo «pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»[26]. Su discurso, entonces, por sencillo que sea, debe entusiasmar sin agobiar a las otras personas y debe partir de su propia convicción.

  • Nuevas experiencias de transmisión

El papa Francisco ha puesto nuevamente el acento en la importancia del «camino de la belleza» (via pulchritudinis), es decir, en la vasta multitud de expresiones artísticas actuales que, como en el pasado, constituyen un sendero para encontrarse con el Señor Jesús y recuperar la estima de la belleza para poder llegar al corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del Resucitado. Por esto, dice el papa, se vuelve necesario que la formación en la via pulchritudinis y el uso de las artes esté inserta en la transmisión de la fe, incluyendo incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros[27].

El nuevo evangelizador, además, no puede descuidar los mass media y la tecnología digital que se han apoderado de la forma de transmitir conocimientos y experiencias. Estamos viviendo una era caracterizada por una cultura virtual, un mundo que vive en la Red, a través de los smartphones y las tabletas, en los que se ofrecen todo tipo de información, pero sin responder a las preguntas fundamentes de la vida humana. Desde la primera infancia esa tecnología entra a formar parte del entorno cultural de los niños y de los jóvenes. Gradualmente las conexiones virtuales han ido determinando sus acciones, elecciones y objetivos y han ido marcando una tendencia hacia el individualismo que ha hecho perder el valor incuestionable del encuentro personal. Hoy basta encontrar una «app» apropiada para tener acceso a cualquier materia científica, política, cultural o religiosa, como también literatura, juegos e incluso modelos que ayudan a orar. El nuevo evangelizador debe aprender entonces a buscar y dirigirse a todo ese mundo de gente, especialmente jóvenes, que se encuentran a toda hora inmersos allí. Debe capacitarse, por consiguiente, para entender ese universo, conocer sus nuevos lenguajes y su tecnología a fin de poder evangelizar ese vasto “continente digital” y encontrar el modo de dar impacto al mensaje evangélico, sin olvidar que está cumpliendo una misión que le ha encargado la Iglesia. Debe acceder a ese nuevo areópago del mundo actual y saber utilizar el potencial del ciberespacio para purificarlo en lo posible, para proclamar el mensaje del Evangelio y contribuir a desarrollar de nuevo una «cultura del encuentro»[28].

Por otra parte, no puede dejar de lado el saber valorar las distintas expresiones de piedad popular, que son un «precioso tesoro de la Iglesia católica»[29] y, a la vez, una «expresión verdadera del alma de un pueblo, en cuanto tocada por la gracia y forjada por el encuentro feliz entre la obra de evangelización y la cultura local»[30], en las que se expresan la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios[31]. Ellas, ciertamente, constituyen un valioso espacio para evangelizar de manera espontánea y puntual, para aprovechar ya sea la fe sencilla y gozosa de tantos fieles, aun de los alejados e indiferentes, como también la alegría misma de esas manifestaciones e incluso sus sentimientos de dolor y súplica, para inculcar con fuerte ardor la verdadera alegría y la esperanza que provienen del encuentro con el Señor. «Todas estas expresiones de piedad popular, dice el papa Francisco, tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización»[32].

  • Autoformación 

Finalmente, el evangelizador debe tomar conciencia de que su formación no depende exclusivamente de una institución o de un tutor, puesto que el responsable de la formación es la persona misma que ha de ir adquiriendo el hábito de seguir creciendo por sí misma y de saber encontrar las mediaciones propicias para lograrlo. Solo así irá logrando la madurez y responsabilidad para enseñar a los demás a aprender. San Juan Pablo II en la Exhortación apostólica Christifidelis Laici expresa bien este punto al afirmar que: «no se da formación verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente como “auto-formación”. Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás»[33].

Lo anterior no quiere decir que la autoformación consista sencillamente en algo que realiza el evangelizador a manera de un autodidacta, pues en realidad nos encontramos en una dimensión que supera el simple esfuerzo humano. Se trata, más bien, de una acción que proviene de lo Alto y, por lo tanto, que exige dejarse guiar y enseñar por el Espíritu Santo que es el protagonista de toda acción eclesial[34]. Él es, como nos recuerda San Juan Pablo II, el «Maestro interior que, en la intimidad de la conciencia y del corazón, hace comprender lo que se había entendido pero que no se había sido capaz de captar plenamente» y es quien instruye a los fieles según la capacidad espiritual de cada uno, encendiendo en sus corazones un deseo más vivo de amar lo que ya sabe y desear lo que todavía no conoce[35].

Teniendo en cuenta esa dimensión pneumatológica no podemos interpretar que la formación del nuevo evangelizador se reduzca exclusivamente a lo doctrinal, pues está llamado a comunicar sobre todo lo que ha contemplado con amor. Él debe hacer brotar su espíritu contemplativo que es el que le permita redescubrir cada día que es depositario de un bien que humaniza y que ayuda a llevar una vida nueva. [36]

  • Misión impostergable

Ahora bien, a pesar de la gran importancia que tiene una seria formación integral, por medio de la cual se ha de lograr una profundización de nuestro amor a Cristo, un testimonio más claro del Evangelio, un compromiso eclesial más fuerte y un maduración y crecimiento en la fe, sin embargo, como bien recuerda el papa Francisco, tenemos que reconocer que el cumplimiento de la misión evangelizadora no puede dar espera, no puede postergarse, pues a partir del bautismo, todos estamos llamados a ser «discípulos-misioneros», que debemos comunicar nuestra experiencia de Jesús, ofreciendo a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor que, más allá de nuestras imperfecciones, nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y da un sentido a nuestra vida. Nuestras imperfecciones, por consiguiente, no deben ser una excusa; al contrario, la misión constituye un estímulo permanente para seguir creciendo y no quedarse en la mediocridad[37].

EPILOGO

Formar líderes para la nueva evangelización, que sean discípulos misioneros que conozcan, amen, sigan y traten de estar siempre con él y vivir como él, exige que sus formadores sean también nuevos evangelizadores que vivan con entusiasmo su propio liderazgo

Esta formación, por lo tanto, debe realizar procesos que se lleven a cabo dentro de un contexto de fe vivida, que preparen mujeres y hombres maduros, capaces de discernir y de tener un juicio equilibrado, con grandes valores evangélicos, éticos y morales bien fundamentados, poseedores de una sana doctrina, abiertos al diálogo y con entusiasmo misionero. Igualmente deben ayudarles a tener una sólida espiritualidad y a descubrir las bases para poder dar un testimonio creíble que sea capaz de entusiasmar a otros a buscar y encontrar a Cristo en su vida. En otras palabras, los nuevos evangelizadores deben ser preparados para que sean óptimos catequistas que cumplan con alegría su misión eclesial.

Asimismo los nuevos evangelizadores deben ser preparados para saber irradiar la alegría que proviene del encuentro con el Señor, la cual se manifiesta en el entusiasmo para salir a evangelizar, en su liderazgo, en sus iniciativas y creatividad para contagiar a los demás con su fe y con su amor y servicio desinteresados. Para ello se les debe ayudar a alimentase asiduamente en el encuentro con la Palabra de Dios, la participación eucarística y el ejercicio de la caridad.

Los Centros de Nueva Evangelización, que han ido surgiendo en distintas naciones, como también en muchas diócesis e incluso en diversas universidades católicas, constituyen por consiguiente, en sus diversos niveles, valiosos esfuerzos para la formación sólida y adecuada de los nuevos evangelizadores. Estos centros deben ser fuente de innovación pastoral que ayuden a formar agentes que colaboren, con profundo espíritu eclesial, en la conversión pastoral y misionera que pide la Iglesia en este momento a fin de sembrar el Evangelio y responder a los grandes desafíos que presenta la cultura actual.

                                                                    + Octavio Ruiz Arenas

                                              Arzobispo Emérito de Villavicencio

                                                                     Secretario de PCPNE

[1] EN 14

[2] EN 24

[3] Cf. Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 1

[4] Cf. EG 261

[5] Cf. EG 1

[6] Cf. EG 25. Este impulso misionero se encuentra mencionado 139 veces a lo largo de la Exhortación, insistiendo en la urgencia de «poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve, dice el Papa, una ‘simple administración’. Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un ‘estado permanente de misión‘.

[7] Cf. EN 73

[8] Cf. Directorio General para la Catequesis, 137

[9] Cf. Directorio General para la Catequesis, 234

[10] Cf. EG 173

[11] Cf. EG 160-161

[12] Cf. La formación del presbítero hoy. Dimensiones intelectual, comunitaria, apostólica y espiritual, conferencia dictada en la conmemoración del 25 aniversario del Seminario “La Encarnación” en la ciudad de Resistencia, el 25 de marzo de 2010.

[13] Cf. EG 52

[14] Benedicto XVI, Discurso a los nuevos evangelizadores, 17 de octubre de 2011

[15] Ratzinger J., La nueva evangelización, Conferencia pronunciada en el Congreso de catequistas y profesores de religión, Roma, 10 de diciembre de 2000

[16] Cf. Documento de Aparecida, 278

[17] Papa Francisco, Carta Apostólica Misericordia et misera, 3

[18] EG 259

[19] Cf. EG 262. 264

[20] Cf. Motu proprio Misericordiae vultus, 9

[21] Misericordiae vultus, 10

[22] Cf. EG 25. 27. 35

[23] Cf. EG 164

[24] Cf. EG 24

[25] EG 85

[26] EN 80

[27] Cf. EG 167

[28] Cf. EG 220

[29] Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural de Aparecida, 1

[30] San Juan Pablo II, Homilía en el santuario de Nuestra Señora de Zapopán, Guadalajara, 30 de enero de 1979

[31] Cf. EG 122

[32] EG 126

[33] ChL 53

[34] Cf. San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris missio, 21

[35] Cf. San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae, 72

[36] Cf. EG 264

[37] Cf. EG 121

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2017

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor.

Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19- 31).

Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal.

Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida.

La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo.

Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

2.   El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado.

La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado.

Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos.

El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir.

Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal.

Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

3.   La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática.

El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios.

Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.

El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua.

Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo.

La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor “que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador” nos muestra el camino a seguir.

Que el Espíritu Santo nos guie a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados.

Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana.

Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

Vaticano, 18 de octubre de 2016

Fiesta de San Lucas Evangelista

FRANCISCO